Las catrinas desfilan elegantes, las calaveritas de azúcar llevan nombres propios y los altares se llenan de fotos, velas y los platillos favoritos de quienes ya no están.
Revivir esta tradición nos recuerda algo esencial: aquí la muerte no se esconde, se recibe. Se le pone mesa, se le cuenta cómo nos fue en el año, se le invita a quedarse un rato. Por eso nuestros muertos están más vivos que nunca.
Quien nos visita se sorprende, se inspira y se lleva un pedazo de esta fiesta a casa. Lo que pocos saben es que, aunque aquí parezca que todo dura tres días, este país no deja de celebrar. Celebramos en cada sobremesa, en cada reunión, en cada recuerdo compartido.
Así que hoy, celebremos a la muerte juntos. Abramos la puerta, encendamos una vela y recibámosla en nuestro hogar.
De México para el mundo.



