El voto latino, impulsado por una generación joven y organizada, inclinó la balanza en las elecciones intermedias de Estados Unidos y pintó de azul un estado que parecía inalcanzable.

Durante años se dijo que el voto latino era “difícil”: demasiado diverso, demasiado joven, demasiado impredecible. Un nicho, una nota al pie. El 3 de noviembre, esa nota al pie escribió el capítulo principal.

Texas, el estado que casi nadie imaginaba demócrata, eligió a Gina Hinojosa como su primera gobernadora latina y llevó a James Talarico al Senado, algo que su partido no conseguía allí desde 1988. A nivel nacional, seis de cada diez votantes latinos respaldaron a candidatos demócratas. No fue suerte ni inercia. Fue una comunidad que decidió dejar de ser explicada por otros y hablar en las urnas.

La juventud fue el motor. Casi un tercio de los latinos con derecho a voto tiene menos de 30 años, y esta vez salieron, se organizaron y movilizaron a sus familias. Hijas convenciendo a sus padres, vecinos armando cadenas de WhatsApp, amigos acompañándose a la casilla. Eso es unión.

Muchas veces se subestima lo diferente porque no cabe en las categorías de siempre. Pero lo diferente tiene una fuerza propia: la de quien ha tenido que abrirse camino en otro idioma, lejos de casa, sin que nadie le abriera la puerta.

Desde México, lo vemos con orgullo. Lo latino no es periferia. Es el centro de gravedad. Y esto apenas empieza.