Cuando hablamos de la relación entre México y Estados Unidos, solemos pensar en comercio, migración y decisiones de gobierno. A mí también me interesa observar lo que ocurre en otros espacios: una sala de cine, un concierto, una biblioteca o una mesa donde se comparte comida.
En esos encuentros circulan historias que permiten acercarnos a la experiencia de otras personas. Una película puede abrir preguntas sobre la vida de una familia migrante. Una canción puede conectar a generaciones que crecieron en países distintos. La cultura ofrece una entrada a conversaciones que, desde el discurso político, pueden parecer lejanas.
Desde mi perspectiva como parte del equipo creativo de Scientika, comunicar entre culturas exige prestar atención a quién cuenta una historia y desde dónde lo hace. Representar a México implica reconocer experiencias regionales, lenguas y formas de vida diversas, incluidas las de quienes han construido su hogar en Estados Unidos.
Por eso considero importante dar espacio a los creadores y a las comunidades detrás de cada expresión cultural. Conocer sus nombres, escuchar sus intenciones y comprender su contexto permite una relación más profunda que el consumo de una imagen reconocible.
La cultura puede contribuir a que discutamos nuestras diferencias con mayor conocimiento de quienes están del otro lado. Fortalecer ese intercambio requiere oportunidades para crear, colaborar y ser escuchados. Ahí también se construye la relación entre ambos países: en la posibilidad de reconocernos en historias que atraviesan la frontera.



