Una masa de roca magnetizada de unos 60 kilómetros de ancho y hasta 9 kilómetros de profundidad, enterrada bajo la región de Dewar, en la cara oculta de la Luna, apunta a que el satélite tuvo un campo magnético propio hace 4.200 millones de años, según un estudio publicado en Science Advances el 23 de septiembre de 2026.

La pregunta no es nueva: las rocas traídas por las misiones Apolo ya mostraban señales de magnetización, pero distintos estudios llegaron a conclusiones opuestas durante décadas. El equipo de la ETH Zúrich, encabezado por Xi Yang y Anna Mittelholz, cambió el método. En lugar de analizar muestras, combinó los mapas de gravedad de la misión GRAIL de la NASA con los registros del campo magnético de Lunar Prospector y de la sonda japonesa Kaguya. El comunicado de la ETH Zúrich difundido por EurekAlert detalla que Dewar es uno de los pocos sitios donde coinciden una anomalía magnética, una anomalía gravitatoria y un remolino brillante en la superficie. El dato importa a la comunidad latina de Norteamérica porque esos mapas alimentan la planeación de las misiones tripuladas de la era Artemis.

Los números del modelo son concretos. La estructura mide cerca de 60 kilómetros de ancho y llega a unos 9 kilómetros bajo la superficie, y es más densa y más magnetizada que la corteza que la rodea. Los investigadores la interpretan como magma solidificado de un complejo volcánico enterrado, formado hace unos 4.200 millones de años. A partir del contenido de hierro calculan que el campo lunar de entonces superaba los 10 microteslas, entre una quinta y una tercera parte del campo terrestre actual, de unos 50 microteslas. También descartan el impacto de un meteorito como origen de la magnetización, porque la posición de la estructura no coincide con las zonas donde un choque así deja esa señal. Swissinfo retomó el hallazgo el 24 de septiembre.

Queda abierta la pregunta de fondo: cómo un cuerpo del tamaño de la Luna sostuvo un mecanismo capaz de generar un campo de esa intensidad. Los investigadores señalan además que los mapas de anomalías magnéticas ayudan a ubicar zonas donde la exposición al viento solar cambia, un dato que ya se considera para futuras tripulaciones.

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