La escritora Brenda Ríos publicó en 2026 Sweet Acapulco. Crónicas y divagaciones del último paraíso en la tierra (Debate), un volumen que retrata el puerto de Guerrero como un paraíso edificado a costa de quienes viven en sus periferias. En entrevista con El Universal, publicada el 13 de septiembre de 2026, la autora plantea que ese destino, primera playa de millones, es también un mapa de contrastes de clase.

Ríos, nacida en Acapulco en 1975, armó el libro a lo largo de más de una década, entre viajes desde la Ciudad de México y su ciudad natal. En conversación con La Jornada, aclara que no busca recuperar el esplendor perdido: «No intento construir una guía turística ni recuperar nostálgicamente el esplendor perdido». El volumen, de unas 200 páginas, combina memoria familiar, crónica y divagación, y cierra con la venta de la casa familiar como epílogo. El tema tiene una resonancia concreta para el lector mexicano: Acapulco fue el primer mar de varias generaciones del centro del país, un vínculo que la autora ilustra al señalar que ocho de cada diez ciudadanos de la Ciudad de México y del Edomex conocieron el mar gracias a ese puerto.

La autora apunta a la geografía como evidencia. Cuenta que un conjunto de vivienda de interés social en Caleta se construyó en bajadas con escalones, sin vista al mar y sin que entre la brisa, al punto de que a las dos de la tarde hay que encender la luz: «Tú dime si eso no es arquitectura hostil», dice a El Universal. En el libro, la cronista recorre también el vínculo entre visitantes y comercios locales, y sostiene que el paraíso siempre fue selectivo: «el paraíso es para quién puede pagarlo, para quién puede tener jardinero y para quién puede tener alberca», según La Jornada. Sobre el huracán Otis, afirma que el desastre evidenció «los niveles de pobreza en los que vive la población que tú como turista no ves».

El volumen, publicado por Debate, funciona como una biografía del puerto escrita desde dentro. Ríos lo resume en una contradicción que deja abierta: «Para mí Acapulco ya debió haber desaparecido», dice, aunque reconoce que «La gente es muy feliz de vivir ahí». El libro queda en librerías como una invitación a preguntar para quién se construyó el paraíso.

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